Juan A. Sánchez
Escritor aficionado. Trabajo prestando libros y paso mi tiempo libre entre ellos, viñetas selectas y píxeles viejunos.
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Más confianza y menos guion
ene 26 ⎯ Y así pasó todo. Tan sencillo y rápido que todos quedaron sorprendidos. Llevaban preparado hasta el último detalle, planificado todas y cada una de las posibles alternativas que les pudiesen plantear, los imprevistos, los fallos que se les pudieran presentar, una coordinación perfecta. Y todo para ¿nada? Como si todas sus preocupaciones las se hubieran inventado sólo para complicarse a sí mismos la existencia. Y en realidad, así fue. Semanas, meses de arduo trabajo, de planificación constante, de ensayo (y error) permanente para algo menos de cinco minutos que duró su presentación. Los cinco minutos que les prestaron atención los miembros del jurado antes de pasar a la siguiente. A una presentación que saltaba a la legua que no había sido preparada y con un prototipo que parecía estar sin terminar. El suyo en cambio, parecía listo para salir al mercado. Y, sin embargo, ambas presentaciones, ambos prototipos, fueron los únicos que habían pasado el corte entre docenas que se habían dado cita aquella calurosa mañana. Los únicos que competirían en una siguiente fase a vida y muerte. Y el suyo —como había oído de soslayo uno de ellos comentar al jurado— no había sido el mejor valorado. Aquello provocó que, a pesar de haber pasado, de haber cumplido sus expectativas, aquellos jóvenes pulcros, de buenas familias y bien educados en escuelas caras. A pesar de que tan solo con haber pasado se les abría un futuro prometedor, que todo lo que habían luchado había dado fruto y podían empezar a respirar tranquilos. A pesar de todo, que aquel chaval de barrio de ciudad de provincias de aspecto algo descuidado, al igual que su improvisada presentación, les hubiera pasado por encima, les mortificaba. Se reunieron al terminar en una mesa de una cafetería frente al lugar del evento donde se seguían carcomiendo por aquello. Uno de ellos preguntó airado al resto como era posible que un tío de barrio de provincias con una presentación chapucera hubiera quedado por encima de ellos. ¿Eso creéis? Le respondió aquel chaval que pasaba junto a ellos camino a la barra a celebrar su triunfo sin que ninguno se percatase de su presencia. Bien, añadió junto a una mirada altanera y una sonrisa maliciosa. Ha salido aún mejor de lo que pensé. Y continuó su camino.
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Misterio en la biblioteca
ene 22 ⎯ Se presentaba una tarde tranquila en la biblioteca. De los ayudantes sólo quedaba Luz que había ido a dar una formación a unos alumnos de grado que no tardarían en tener que afrontar su TFG. Carolina, la responsable, llevaba horas en su despacho asistiendo a una reunión en línea con la «plana mayor» de la Universidad. Allisa en su puesto de mostrador se disponía a subir algunos artículos que tenía pendientes al repositorio de un investigador que los había hecho llegar por la mañana, pero no eran muchos y esperaba que le llevase poco tiempo. Lo mismo que Roque, su compañero, que tenía una pila de nuevas adquisiciones para sellar, tejuelar y darles la bienvenida a sus estantes. Ambos técnicos esperaban disfrutar de una tarde tranquila. Después de todo, según dicen, el suyo es uno de los trabajos que menos estrés genera y así pretendían que siguiera siendo. Si hubieran querido otra cosa no hubieran continuado en la redacción del periódico o dando clases a adolescentes inmunes al aprendizaje. Hasta que la puerta del despacho se abrió. — Oídme —anunció Carolina—. Me han pedido de Servicios Centrales que les enviemos urgentemente uno de nuestros libros que va a pasar a su custodia. — ¿Cuál es? — preguntó Alissa. — Uno muy raro, La poética, de Aristóteles. Una edición de la editorial Clasicalia de 1953 que tenemos en nuestra colección de ocio. — Joder —exclamó Roque— Perdón. Es que no sabía que la tuviésemos. Es un ejemplar súper raro y que debe estar cotizadísimo. No me extraña que lo quieran. Aunque no debe de haber salido en préstamo en años. — No será tanto — respondió Alissa. — Créeme, lo es — sentenció Roque—. Esta mañana leí en la prensa que han desaparecido algunos ejemplares de particulares y bibliotecas. Por lo visto un coleccionista de Vitoria denunció un robo en su tienda de antigüedades y lo único que le faltaba era ese libro. — Por eso mismo me lo han pedido con urgencia — sentenció Carolina regresando a su despacho —. Hay que prepararlo todo para llevarlo. Dejad lo que estéis haciendo. Decidle a Luz que hay que quitarlo del catálogo y yo me encargaré de llevarlo personalmente a la «central». Ambos bibliotecarios se miraron extrañados, pero no se atrevieron a cuestionar aquella misteriosa petición de su jefa, ¿o era una orden? Desde luego no eran los modos a los que estaban acostumbrados. Pero simplemente volvieron a sus puestos a hacer su trabajo y se si dispusieron, aunque algo molestos, a hacer lo que les habían pedido en medio de un incómodo silencio. —No entiendo que se haya puesto así por un libro del catálogo —dijo Alissa rompiendo el silencio— por muy raro que sea y por mucho interés que tengan «los de arriba». —Ten en cuenta que han desaparecido varios por todo el país —respondió su campanero. Querrán protegerlo a toda costa. —No será para tanto. Por muy viejo que sea no costará un millón de euros —Pues casi. Míralo tú misma —respondió señalando su monitor. —No puede ser. Es una barbaridad. —Bueno. Ten en cuenta que fue una edición muy limitada por problemas de la editorial que incluso quebró poco después y que tuvo tan poco interés que apenas se vendieron un par de centenares en su momento. Por eso se convirtió en un «libro maldito» que nunca nadie se ha atrevido a publicarlo. Está cotizadísimo entre los coleccionistas. Pero sí. A mí también me parece excesivo. —Pues por la foto parece muy vulgar. Creo que lo he visto antes. —Hasta que publicaron éste y todo se les vino abajo, la colección de Clasicalia fue muy vendida en su momento. Yo mismo tengo algunos en casa. —A ver si vas a ser rico y todo —bromeó su compañera. —Ya quisiera yo tenerlo. Tengo uno con la misma apariencia, pero es un ejemplar de La República de Platón que me regaló el profesor Ortega cuando estudiaba la carrera. Vamos, que lo he traído para releerlo después si me daba tiempo. Míralo. —Pues sí que se le parece. Igual se lo podrías colocar a un coleccionista cegato y no se daría ni cuenta. —Pero no lo vendería por nada del mundo. Ortega fue mi mentor y le tengo mucho cariño. Vamos, que ni, aunque fuera el de Aristóteles me desharía de él. —Pues es igual al de la foto. Con razón me pareció haber visto el que nos han pedido. —Me extraña. Vamos, mira el registro, no ha salido en préstamo desde los tiempos que los préstamos de registraban a boli en una ficha que tenían en el interior de la cubierta. —¿El qué? —Déjalo. Esas cosas se dejaron de hacer cuando yo no tenía ni diez años. Roque buscó la signatura en el catálogo y fue a buscarlo a su lugar para no encontrarlo. Buscó en todas las estanterías de la colección de cultura general donde debía encontrarse y en las de ocio que estaban enfrente. Pero no hubo forma y pasado un buen rato volvió al mostrador donde su compañera contaba las novedades a Luz que había terminado de dar su formación. —¿Qué tal te ha ido? —preguntó a modo de saludo. —Como siempre. Esta gente o se lo das todo hecho o se les cae el mundo encima. Pero Alissa me contaba que también aquí os habéis divertido. Y por lo que has tardado, diría que mucho. —Ya te digo. He registrado todo el pasillo y ahí no está. —¿Has mirado bien? —se sorprendió Alissa—. Pero si tú terminas encontrando siempre los libros perdidos. —Pues hoy no tendré mi día. He mirado en su estantería, en todas las de su colección y en las estanterías de enfrente y nada. Y el resto de la biblioteca son manuales y libros técnicos con bastante movimiento. Podría estar ahí, pero nos habríamos dado cuenta alguno al ir a ordenar. —Yo es que lo vi, pero hace años—añadió Luz—. Nos planteamos expurgarlo, pero viendo que era el único ejemplar en la universidad decidimos dejarlo, aunque nadie lo pidiera. —Es que si llego a saber que lo teníamos —añadió Roque— yo mismo me lo hubiera llevado varias veces. Y es lo que me da más «coraje» de todo esto. Lo he querido leer desde la carrera sin encontrarlo en ningún sitio y ahora que sé que lo he tenido cerca en los dos años que llevo trabajando en esta biblioteca, ni aparece y ni apareciendo lo podría leer porque «los jefes» lo han tenido olvidado durante años y ahora les da la prisa por llevárselo para exponerlo en una vitrina y presumir de catálogo. —A mí lo que me extraña —añadió Alissa— es que Carolina quiera que se quite del catálogo. ¿no habría que cambiarlo de ubicación? —Pues sí —respondió Luz— Lo que pide es algo que no he hecho nunca. Ni creo que nadie. » Y lo más raro es que hablé con Serena esta mañana sobre las tareas más urgentes que debíamos hacer en esta biblioteca y no me dijo nada de esto. Los tres compañeros se miraron tratando de comprender lo que estaba pasando. Si el valor que al parecer tenía ese libro podía merecer saltarse todas las normas y protocolos bibliotecarios. —¿Lo habéis preparado todo? —preguntó Carolina cerrando tras de sí la puerta de su despacho. —Verás —empezó Roque—. Vengo de las estanterías y… —Y no está —cortó secamente su responsable sacando el libro de su bolso—. ¿Y qué te esperas después de que ayer saltara la noticia de los robos y la directora general me llamara alarmada para que protegiésemos nuestro ejemplar? No piensa en otra cosa. —Esperaba —respondió Roque quitándole el libro de las manos— que nos dijeras que tú tenías esto desde el principio para no estar haciendo el «canelo» en las estanterías buscándolo. —Además —añadió Luz— que no sé cómo pretendes que simplemente lo haga desaparecer del catálogo. —Es verdad —intervino Alissa —¿no deberíamos simplemente cambiarle la ubicación a la central y que ellos le den una nueva signatura? —¡Vosotros haréis lo que yo os diga! —cortó Carolina arrancando el libro de las manos de Roque que lo ojeaba abstraído devolviéndolo furiosa a su bolso—. Escuchad bien. Es lo que han ordenado de arriba y eso es lo que se va a hacer. » Ahora mismo lo voy a llevar personalmente a Serena. Luz, tú lo vas a hacer desaparecer del catálogo como sea. Hazlo como quieras. Pero hazlo. Y en esto dio media vuelta y salió de la biblioteca dejando a su personal con un palmo de narices. Estos se miraron unos a otros hasta que a los pocos segundos vieron llegar a una mujer desde la puerta lateral del edificio. Era Serena, la «jefa» de todo, que venía seguida por un agente de policía. —Buenas tardes. Perdonad que venga sin avisar, ¿está Carolina? —Acaba de salir para ir a verte. —respondió Luz. —También es casualidad. Debí llamarla antes. —Pero si se ha llevado toda la tarde en una reunión telemática con usted. —dijo Alissa. —¿Conmigo? Imposible. Después de hablar con Luz y otros ayudantes de asuntos rutinarios, he estado reunida con el rector durante horas. Quería verla para despedirme y ver si está bien. Nos ha pedido excedencia voluntaria con urgencia y desde mañana no trabajará más con nosotros. —¡¿Se va?! —exclamaron Alissa y Luz al unísono. —Pero si no nos ha dicho nada —añadió Roque. —Qué raro —respondió su «jefa»—, Bueno. Quería despedirme de ella y también hablar sobre un asunto urgente e importante para la biblioteca antes de que se fuera. —¿Por el libro que están robando? —, preguntó Roque— ¿el de Aristóteles del que tenemos un ejemplar? —Pero si Carolina se lo ha llevado corriendo —dijo Alissa. Se lo quitó de las manos a Roque no hace ni cinco minutos, se lo metió en el bolso y salió corriendo a llevártelo a la central. Bueno, eso nos dijo. —¡Dios mío! —exclamó Serena—. No puedo creerme lo que parece que está pasando. —Si me lo permiten —añadió el policía— salgo a intentar detenerla. —Fabián —dijo Roque por teléfono y haciendo una señal al policía para que esperase— ¿Ha salido ya mi jefa del aparcamiento, ¿no? Bien. Hazme el favor de no abrirle. Un policía va para allá porque tiene que hablar con ella con urgencia. Que no salga por nada del mundo, ¿vale? Gracias, tío— y colgando el teléfono y dirigiéndose al agente añadió: —He hablado con seguridad. Baje usted al parking y la encontrará en un coche azul. —Gracias a Dios —suspiró Serena—. No hemos perdido ese libro. Además de su pérdida hubiera sido una crisis reputacional tremenda para la Universidad. —No lo habíamos perdido —sonrió Roque alargándole el libro—. Le di el «cambiazo» con uno mío. Que por cierto tiene para mí un gran valor sentimental y espero recuperarlo cuanto antes. —Muchas gracias —suspiró Serena—. Y no te preocupes por eso— La Universidad está en deuda contigo. —Pues si puedo pedir un favor más… —¿Qué quieres? —Qué va a ser. Que me dejéis leerlo. —No te preocupes. Lo vamos a escanear de inmediato y pediré que te manden una copia inmediatamente. Y si quieres leerlo físicamente daré instrucciones para que te dejen consultarlo sin problema. —Así lo espero.
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